jueves, 31 de enero de 2013

La labor "pacificadora" de Perón

La división de la sociedad argentina, iniciada por el peronismo, resulta ser esencialmente una división ética, antes que social o económica. Para la gente decente resulta totalmente inaceptable que alguien incite a la violencia de la manera en que lo hizo Perón, mientras que el peronista encuentra, por alguna razón psicológica difícil de explicar, cierta identificación con el líder, de ahí la división que el kirchnerismo, en forma bastante similar, trata de mantener vigente. A continuación se menciona parte de los mensajes y directivas de Perón a sus seguidores:

“El día que se lancen a colgar, yo estaré del lado de los que cuelgan” (2-8-46)

“Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y veremos quien cuelga a quien” (13-8-46)

“A mí me van a matar peleando” (13-8-46)

“Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre” (24-6-47)

“Esa paz tengo que imponerla yo a la fuerza” (23-8-47)

“Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores” (8-9-47)

“Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ellos ni los hijos de ellos” (8-6-51)

“Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos” (31-8-51)

“Para el caso de un atentado al presidente de la Nación….hay que contestar con miles de atentados” (Plan político Año 1952)

“Se lo deja cesante y se lo exonera…por la simple causa de ser un hombre que no comparte las ideas del gobierno; eso es suficiente” (3era. Conferencia de Gobernadores, pág. 177)

“Vamos a tener que volver a la época de andar con alambre de fardo en el bolsillo” (16-4-53, horas antes del incendio de la Casa del Pueblo, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata Nacional y el Jockey Club)

“Leña…leña….Eso de la leña que ustedes aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?” (16-4-53)

“Hay que buscar a esos agentes y donde se encuentren colgarlos de un árbol” (16-4-53)

“Compañeros: cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes a quemar. Pero entonces, si eso fuera necesario, la historia recordará la más grande hoguera que haya encendido la humanidad hasta nuestros días. Los que creen que nos cansaremos se equivocan. Nosotros tenemos cuerda para cien años” (7-5-53)

“A unos se los conduce con la persuasión y el ejemplo; a otros con la policía”

“Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden contra las autoridades….puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten” (31-8-55)

“Y cuando uno de los nuestros caigan, caerán cinco de ellos” (31-8-55)

“Que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado” (31-8-55)

“Nuestra nación necesita paz y tranquilidad….y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no a palos” (31-8-55)

“Veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen, ¡pobres de ellos!” (31-8-55)

“Yo pido al pueblo que sea él también un custodio del orden. Si cree que lo puede hacer, que tome las medidas más violentas contra los alteradores del orden” (31-8-55)

“¡Al enemigo, ni justicia!” (Memorando para el Dr. Subiza)

“¡Ahh…si yo hubiese previsto lo que iba a pasar…entonces sí: hubiera fusilado al medio millón, o a un millón, si era necesario. Tal vez ahora eso se produzca” (9-5-70)

“Si yo tuviera 50 años menos, no sería incomprensible que anduviera ahora colocando bombas o tomando la justicia por mi propia mano” (30-12-72)

“Los militares son todos unos bestias” (5-2-73)

(Extractos del Diario “La Nación”, Domingo 4 de Marzo de 1973, página 11)

miércoles, 30 de enero de 2013

Nadie hizo más que Perón

La patria: Silenció el culto de todos los héroes y próceres. Reemplazo el Himno Nacional por la marcha partidaria y quiso hacer lo mismo con el escudo argentino. En idéntica sustitución, también suprimió las marchas patrióticas. Resto toda importancia a la celebración del 25 de Mayo y menospreció el 9 de Julio convirtiéndolo en el “Día de la Independencia Económica”. Hizo quemar la enseña nacional. Impuso su nombre y el de su segunda esposa a provincias, partidos, ciudades, pueblos, barrios, calles, plazas, estaciones, buques, aviones, institutos, congresos, etc.

La familia: Obligó a usar en las escuelas primarias libros de lectura con su efigie y la de la segunda mujer en todas las páginas, acompañadas de textos donde se exaltaba a ambos como únicos “próceres”. Reemplazó por su nombre y el de ella las palabras “papá” y “mamá”. Cuando murió su madre, no concurrió al sepelio, enviando un telegrama y haciéndose representar por un edecán, mientras paseaba en yate por los riachos de Tigre. Creó el odio entre padres e hijos y hermanos, destruyendo a millares de familias argentinas. Fomentó la delación en todas sus formas y la recompensó. Antepuso la incondicionalidad partidaria a todo sentimiento y aun a la unión del hogar, al que dividió en “réprobos” y “elegidos”. Explotó a su propia mujer viva y después de muerta, sometiendo su cadáver embalsamado al grotesco cortejo de los serviles. Hasta ella antes de morir, lo repudió; dijo a un grupo de sindicalistas: “Cuídense de este miserable”.

La religión: Quiso entronizar en los altares su efigie y la de su mujer. Reemplazó el crucifijo por el retrato de ambos en los hospitales, colegios, institutos, entidades, etc. Proclamó a su partido como “única religión nacional”. Sustituyó el Día de la Inmaculada Concepción por el “Día del campeón” (Pascual Pérez). Decretó el 18 de octubre como “San Perón”. Hizo sancionar la ley de la Prostitución. Persiguió, encarceló, vejó y/o expulsó a centenares de sacerdotes y obispos. Ordenó quemar y profanar, con apoyo policial, numerosos templos de la ciudad de Buenos Aires. En el mismo “operativo” quedó totalmente destruida la Curia Metropolitana. Fue excomulgado por el Papa.

La verdad: Aseguró haber tenido éxito con la fusión nuclear, gracias a las investigaciones de Ronald Richter, despilfarrando millones en autopublicidad y poniéndonos en ridículo ante el mundo. Dijo: “No tengo otra ambición que la de servir a los trabajadores, por eso nunca seré presidente”. Dijo: “Aunque me lo pidan a titulo de sacrificio personal, jamás aceptaré mi reelección”. Cuando era presidente dijo: “Yo vivo modestamente con trescientos pesos mensuales”; una vez que huyó, afirmó cínicamente que “podía pasar el resto de su vida comiendo billetes de mil todos los días”.

La honestidad: Fue procesado por haber cometido el delito de estupro contar una niña de 14 años. Corrompió instituciones fundamentales de la Republica comprando voluntades con órdenes para adquirir automotores “a precios de lista”; sus favoritos recibieron centenares y negociaron la mayor parte de ellas. Cubrió a su segunda mujer de joyas cuya evaluación actual es de muchos millones de pesos. No obstante su declamada pobreza, colocó millones de dólares a interés en cuentas del exterior, particularmente en Suiza y los EEUU. Para satisfacer su propio ego, obligó a deportistas, científicos, técnicos y artistas a dedicarle públicamente sus triunfos. Los que no se sometieron tuvieron que retirarse o emigrar.

La ley: Modificó arbitraria y fraudulentamente la Constitución Nacional para posibilitar su reelección. Ganó las elecciones haciendo fraude preelectoral, monopolizando para su partido todos los medios de comunicación, coaccionando y amenazando a través de sus personeros a todos los agentes públicos, modificando maliciosamente las inscripciones electorales, trasladando en trenes y camiones grandes cantidades de votantes de un lugar a otro de la República. Hizo fraude durante y después del comicio. No depuro los padrones y empleó elementos pagados haciéndolos votar varias veces con una misma libreta, adulteró las cifras del escrutinio. Implantó la afiliación obligatoria al “partido único” como requisito indispensable para poder trabajar. Decretó el luto obligatorio por la muerte de su segunda esposa. Impuso la concurrencia forzosa a todos los actos partidarios. Rotuló a sus adversarios políticos como “la canalla opositora” y los encarceló, vejó y torturó. Intimidó a grandes sectores de la ciudadanía, quemando la Casa Radical, la Casa del Pueblo, la sede del Partido Demócrata Nacional y el Jockey Club. Sometió absolutamente al Poder Judicial y a todos los fueros de Justicia. Llegó al extremo de decir: “El gobierno y el Estado me pertenecen a mí, como funcionario. Yo actúo sobre ellos, los gobierno, los manejo, los mando”. Decretó el “estado de guerra interno” permanente y utilizó a su arbitrio la Ley de Residencia. Proclamó a su programa partidario como “Doctrina Nacional” e hizo titular a su segunda mujer como “Jefa Espiritual de la Nación”. Cuando fue derrocado, le estaban levantando un monumento con fondos recaudados mediante descuentos obligatorios.

El Ejército: Postergó o no permitió el ascenso de los jefes y oficiales que se habían manifestado abiertamente contrarios a su régimen. Trató de corromper la moral de los jefes con órdenes de compra de automotores, misiones al exterior y otorgándoles la “medalla militar peronista”. Sometió a las instituciones armadas, como a la civilidad, a un régimen de delación y servilismo. Quiso reemplazar al Ejército por bandas armadas (“milicias populares”).

La libertad de prensa: En 1946 clausuró “La Vanguardia” (órgano oficial del Partido Socialista), “Cascabel”, “Antinazi”, etc. Luego, “La Nueva Provincia”, “El Intransigente”, etc. En 1950, la Comisión Visca cerró en un solo día más de cien publicaciones. Posteriormente se apropió de “La Prensa”. Dado su discrecional manejo de las cuotas de papel, el diario “La Nación” –único no adicto- quedó reducido a dos hojas.

La enseñanza: Suprimió la autonomía universitaria y cerró todas las Academias Nacionales. Manejó las universidades desde la Casa de Gobierno. Reemplazó la materia “Instrucción Cívica” por una presunta “Cultura Ciudadana”, conformada a su programa partidario deformante. Persiguió y dejó cesantes a los profesores democráticos y encumbró a sus incondicionales. Destruyó virtualmente el magisterio al mantener congelados los sueldos por nueve años, quedando la docencia circunscripta al sexo femenino. Negó la historia, quiso cambiar el pasado y deformó la realidad espiritual y cultural de su tiempo, pretendiendo adecuarla sus objetivos. Impuso la lectura obligatoria de “La Razón de mi vida”, atribuido a su segunda esposa, pero escrito por un extranjero a sueldo. Convirtió en una burla el precepto constitucional que consagra la libertad de enseñar y aprender (“Alpargatas, sí. Libros, no”, “Haga Patria, mate un estudiante”, eran los estribillos habituales de las manifestaciones peronistas).

La libertad individual: Instituyó la “medalla de la lealtad peronista” para premiar la delación y la obsecuencia. Creó los “Jefes de Manzana” del partido, especie de GESTAPO permanente de cada barrio en cada ciudad. Creó las Unidades Básicas, verdaderas células de penetración, acción psicológica, delación organizada, reparto de prebendas y en caso necesario, mecanismo de “persuasión” dentro de cada vecindario. Hizo que la simple denuncia de cualquiera justificara la privación ilegal de la libertad o la expulsión del empleo. Suprimió el recurso de “habeas corpus”, la tradicional garantía contra las restricciones ilegales de la libertad corporal de las personas. Recluyó a los presos políticos y gremiales junto con los delincuentes comunes y asesinos. A mujeres no adictas, las hizo rapar para marcarlas y las sometió a malos tratos y vejaciones, fichándolas como prostitutas. Durante su régimen las torturas, los vejámenes, algunos asesinatos y la picana eléctrica fueron los métodos habituales de “persuasión” política.

Lo social: Con su política totalitaria desalentó el trabajo en el interior del país y provocó el éxodo rural a las ciudades. Proliferaron así centenares de “villas miserias”. Provocó la necesidad del doble empleo para poder sobrevivir. Sometió a los sindicatos en una central única y dictatorial que fue su “partido paralelo” y a la vez su “fuerza de choque”. Copió la “carta del lavoro” fascista, implantándola como régimen laboral argentino. Politizó a los gremios al punto de que para poder trabajar era imprescindible ser afiliado a su partido único y adicto incondicional de su régimen. Desposeyó a los sindicatos utilizando sus fondos en su provecho personal y en el de sus allegados. Vació las cajas de jubilaciones incautándose sus reservas que sustituyó por bonos incobrables. Inauguró la entrega obligatoria de sueldos y jornales. Inventó los descuentos por planilla y otras formas de despojo actualmente en vigor.

La vivienda: La inflación que él mismo causó le obligó a congelar los alquileres mediante ley totalitaria, desalentando la construcción de viviendas para alquiler. Su política en esa materia produjo una crisis habitacional sin precedentes en la historia del país. Infligió gravísimo daño a la industria de la construcción provocando una contracción económica que afectó a centenares de gremios afines y aumentó la desocupación. Despojó de su legítima renta a los pequeños propietarios que vieron así diluirse el fruto de sus ahorros al legalizarse el atropello al libre usufructo de la propiedad privada. En materia de vivienda produjo al país un atraso de más de medio siglo.

Los servicios públicos: Con el pretexto de nacionalizarlos, compró y destruyó a los ferrocarriles, transformando sus servicios en una verdadera vergüenza nacional. Anuló la eficiencia de todos los servicios públicos: Teléfonos, Correo, Telégrafos, Energía Eléctrica, Obras Sanitarias, Asistencia Hospitalaria, Transportes, etc. Mantuvo virtualmente paralizada la red vial nacional. En nueve años no logró terminar ni 5.000 km de caminos.

Lo económico: Desató una espiral inflacionaria en progresión geométrica cuyas consecuencias dificultaron la recuperación nacional. Aniquiló el ahorro y ahuyentó la inversión. Convirtió al Banco Central en una simple oficina de la casa de Gobierno produciendo sucesivas emisiones incontroladas hasta empapelar al país. En nueve años el ingreso promedio de los argentinos creció sólo un 11%.

El dirigismo: Firmó un contrato leonino con la “California” y otros grupos –que se jactaba de combatir- en detrimento de la soberanía nacional. Con su política confiscatoria llevó a la crisis al campo fomentando un inexistente antagonismo agro-industrial. Expropió establecimientos agrarios en plena producción para provecho de la camarilla gobernante. Fue responsable de la merma de nuestras cosechas de trigo, maíz, avena, cebada, lino, etc. Dilapidó las reservas de nuestro stock ganadero sacrificando vientres y animales jóvenes y después de ocupar el primer lugar en el mundo, fuimos desplazados por nuestros antiguos compradores, llegando a tener que importar semilla de lino. De primera potencia triguera mundial, descendimos a comer pan de harina oscura. Creó un monstruo económico: el IAPI, corrupto organismo que negociaba irregularmente y con sentido político. Todos los artículos de primera necesidad para el consumo familiar tuvieron que ser racionados. Los argentinos conocimos las “colas” para el kerosene, el vino, la leche, el azúcar, la papa, los huevos, etc. Para recuperar el stock ganadero que había destruido, quiso obligarnos a comer pescado y gastó millones para hacer propaganda exaltando los beneficios de esta alimentación.

La deuda y las reservas: Dijo que cuando llegó al poder había una deuda externa de 3.500 millones de dólares, por la que pagaban 500 millones anuales de amortización e intereses. Según las memorias del Banco Central, a principios de 1946 la deuda pública no superaba los 250 millones de dólares y sus servicios no alcanzaban a 40 millones de dólares. Afirmó que en 1946 no teníamos reservas financieras y que antes de su derrocamiento, teníamos 1.600 millones “cash” en mano. Según las memorias del Banco Central, a fines de 1945 teníamos 1.200 millones de dólares en oro y 460 millones de dólares en divisas; y a fines de 1955 sólo quedaban 370 millones de dólares en oro y 110 millones en divisas. Subió al gobierno con una deuda pública de 230 millones de dólares y su administración la elevo a 757 millones de dólares, o sea más del triple en sólo nueve años.

La posición argentina: Logró el unánime desprestigio de nuestro país en el mundo civilizado. Inventó los convenios bilaterales de trueque para disimular el descalabro de nuestro comercio exterior. Hizo perder a la Argentina su privilegiada posición de liderazgo espiritual y material en Latinoamérica. Perturbó de continuo las tradicionales relaciones de amistad con casi todos los países del Continente, llegando inclusive a crear conflictos inexistentes para distraer la atención de la ciudadanía con respecto a la dramática gravedad de la situación interna en todos los órdenes. Convirtió a las embajadas extranjeras en el refugio obligado de sus compatriotas perseguidos que debieron asilarse huyendo de su régimen de terror.

Agravios internacionales: Consecuente con sus simpatías fascistas, facilitó el ingreso al país de criminales de guerra. A este respecto se ha difundido últimamente que negoció la protección que les brindaba por dólares (Eichmann, entre otros muchos jerarcas nazis y más de 7.000 pasaportes en blanco, que cobró a pesos de oro).

Las bases ideológicas: Fue el gran impulsor del nazi-fascismo, sistema del cual hizo la pública apología. Dijo: “Elegí cumplir mi misión desde Italia porque allí se estaba produciendo un ensayo de nuevo socialismo”. Consecuente con su vocación antidemocrática, cuando el Eje fue derrotado, puso sus miras en el totalitarismo rojo. Dijo: “La Revolución rusa había ejercido una notable influencia, pero llegó a Occidente transformada”. En la década de los 70, alentó el terrorismo desarrollado por la guerrilla marxista.

sábado, 1 de agosto de 2009

¿ Qué es el peronismo ?

Según Juan José Sebreli

Los regímenes que por apartarse de la democracia parlamentaria, característica de las sociedades capitalistas “normales”, se han dado en llamar “Estados de excepción”, pueden clasificarse en tres tipos: dictadura militar tradicional, bonapartismo y fascismo. En realidad no se trata de formas muy definidas, los límites entre ellas son imprecisos, y sólo puede hablarse del grado de predominio de una sobre las otras, y de la combinación que se da entre ellas. El estado peronista, y lo mismo puede decirse del Estado varguista o del nasserista, no es una forma nueva ni distinta sino que encaja en algunos de esos tres tipos de Estados de excepción, o mejor aún, constituye una mezcla de los tres.

Lo específico del bonapartismo es la integración, la asimilación de las masas populares a la sociedad establecida, a lo que el fascismo agrega la movilización de estas masas. La originalidad del bonapartismo y del fascismo consiste precisamente en ser sistemas reaccionarios con amplio apoyo de masas populares. Esto es olvidado frecuentemente por ciertos progresistas argentinos, quienes pretenden negar el carácter fascista del peronismo por su apoyo de masas, como si la presencia de éstas inevitablemente tuviera un significado revolucionario.

El error simétrico es adjudicar el calificativo de fascista a dictaduras militares de tipo conservador tradicional y, por lo tanto, desmovilizadoras de masas como los regímenes de Onganía o Videla. En este caso el concepto fascista pierde toda su especificidad y se convierte en un prescindible sinónimo de dictadura reaccionaria de derecha. A la confusión que trae el querer designar una misma cosa con dos nombres distintos –peronismo y fascismo por ejemplo- se opone el error simétrico de que una misma palabra –fascismo- se aplique a fenómenos diferentes como el fascismo propiamente dicho y las dictaduras militares tradicionales.

(De “Los deseos imaginarios del peronismo” de Juan José Sebreli – Editorial Sudamericana SA)

Según Marcos Aguinis

Nacional y populista (1946-1950)
Dictatorial y amigo de las inversiones extranjeras (1951-1955)
Maldito de la burguesía (1955-1968)
Socialista y guerrillero (1969-1972)
Dialoguista (1972-1973)
Represión de la izquierda y terrorista de Estado (1974-1976)
Socialdemócrata (1982-1989)
Neoliberal (1989-1999)
Fascista (2003-2009)

Según Perón

“Me ubiqué en Italia entonces. Y allí estaba sucediendo una cosa: se estaba haciendo un experimento. Era el primer socialismo nacional que aparecía en el mundo. No entro a juzgar los medios, que podrían ser defectuosos. Pero lo importante era esto: en un mundo ya dividido en imperialismos, ya flotantes, y un tercero en discordia que dice: No, ni con unos ni con otros, nosotros somos socialistas, pero socialistas nacionales. Era una tercera posición entre el socialismo soviético y el imperialismo yanki” (De “Crítica de las Ideas Políticas argentinas” de Juan José Sebreli – Editorial Sudamericana SA)

Un fenómeno incorregible

Por Marcos Aguinis

Hasta los mismos peronistas se ríen de la punzante afirmación de Borges, en el sentido de que no son buenos ni malos: son incorregibles.

Juan Domingo Perón era un coronel del GOU, logia militar germanófila que inspiró el golpe de Estado de 1943. Tenía frescas sus experiencias en Italia y Alemania y conocía el potencial de la clase trabajadora. Causó perplejidad cuando eligió un espacio tan modesto como la Secretaría de Trabajo y Previsión, en vez de un ministerio. Se esmeró en atraer la simpatía de algunos dirigentes obreros, para lo cual lo ayudaba su carácter seductor y afectuoso. En los conflictos laborales se pronunciaba siempre a favor de los trabajadores y éstos se quedaban pasmados al enterarse de que un militar propiciaba el aumento de los salarios y la multiplicación de sus organizaciones. Estaban felices de tener un inesperado aliado en el gobierno. Al mismo tiempo, el Estado Mayor del Ejército fortalecía su sueño de hegemonía continental gracias al respaldo que empezaba a recibir de los trabajadores.

En contra de las interpretaciones que vinieron después, su proyecto no era revolucionario sino fascista. Este dato hiere la buena conciencia de sus seguidores, pero no deja de ser ilustrativo que los fascistas locales siempre se identificaron con el peronismo. En uno de sus primeros discursos radiales, el 2 de diciembre de 1943, Perón dijo que “los gobernantes no se dan cuenta que la indiferencia que mostraban frente al conflicto social sólo servía para fomentar la rebelión”. Y lo que él pretendía era sofocarla…..mediante el control de los rebeldes (cosa que ocurriría durante su gobierno y los gobiernos peronistas sucesivos).

Agregó en 1944: “No siempre propugnaremos y defenderemos a las agrupaciones obreras, sino que es indispensable disponer de esas agrupaciones para poder cumplir con nuestro cometido” (en otras palabras, usarlas y sobornarlas si fuera preciso). Más claro fue en la Bolsa de Comercio: “Es preferible saber dar un 30% a tiempo que perder todo a posteriori". En 1945, ante el Colegio Militar, cerró sus reflexiones con un giro inolvidable: “esos señores son los peores enemigos de su propia felicidad, porque por no dar un 30% van a perder dentro de varios años o de varios meses todo lo que tienen, y además las orejas”.

Perón se inspiró en Benito Mussolini: no sólo las ideas, sino la organización, los discursos, la censura, la asistencia social, la escenografía, la propaganda, la represión política, el balcón. En 1926, cuando había creado el Dopolavoro, el Duce fue transparente: “Los patrones tienen un interés objetivo en elevar lo más posible el tipo de vida de los obreros, porque significa mayor tiempo de reposo. En los talleres, el trabajo es mejor y más productivo…Un capitalista inteligente no se ocupa sólo de los jornales, sino que piensa en casas, escuelas, hospitales y en campos de deportes para sus obreros”.

El uso frecuente de la radio lo puso en contacto con todo el país. El agresivo avance de Perón y su nunca desmentida simpatía por el Eje, puso en guardia a los sectores democráticos. Ya había empezado a ganar poder en el mismo gobierno, convirtiéndose es ministro de Guerra y Vicepresidente. Era la figura más sobresaliente, lo cual generó desconfianza y envidia entre sus colegas. Un grupo conservador consiguió que lo destituyesen y apresaran. Fue enviado a la isla Martín García, donde tras el golpe de 1930 habían encerrado a Irigoyen. Pero era tarde para sacarlo de escena. Su gestión había enamorado a una amplia franja del país y el 17 de octubre de 1945 se produjo una concentración en Plaza de Mayo que reclamó su libertad y su presencia.

Tomó entonces la decisión correcta: abandonó la Vicepresidencia, como exigían sus opositores, pero para darles batalla en elecciones limpias. Ya era el candidato de las Fuerzas Armadas, ahora se sentía el candidato de media nación.

El resto del espectro político formó una coalición que Perón derrotó en las elecciones del 24 de febrero de 1946. El país entró en vértigo.

Antes de asumir consiguió que el gobierno militar le facilitase la tarea interviniendo universidades y expulsando a los docentes que militaban en su contra. Luego de tomar el mando actuó con la velocidad del rayo para instaurar una suerte de dictadura legalista: se mantendrían las instituciones de la Constitución, pero debilitadas y sujetas a su poder unipersonal. Removió los cuadros administrativos y entabló juicio político a la Corte Suprema, que fue expulsada, y constituyó otra a su medida.

En el Congreso mantuvo disciplinada una mayoría que se tornó cada vez más obsecuente. La Policía Federal, creada tras el golpe de 1943, fue usada en contra de la oposición política y para reprimir los disturbios obreros. Creó el Fuero Policial para que los abusos de los comisarios leales gozaran de impunidad. Instituyó el “certificado de buena conducta” como requisito indispensable para buscar trabajo, viajar al exterior o inscribirse en la universidad; era una sutil manera de encadenar a todos los habitantes y desalentar cualquier protesta. Controló los medios de comunicación y no titubeó en expropiar el diario La Prensa, que lo criticaba. Llegó al extremo de exigir a las instituciones culturales que solicitaran permiso para publicar o reunirse.

Intervino las seis universidades nacionales entonces existentes y puso en marcha una implacable purga. En mayo de 1946 completó la expulsión de casi dos tercios del cuerpo de profesores y en octubre del año siguiente colocó las administraciones universitarias bajo el directo control de sus agentes. Acabó con la autonomía y sepultó los principios de la Reforma.

La marcha hacia una hegemonía férrea fue sistemática. En 1949 reformó el Código Penal y convirtió en delito “ofender de cualquier manera la dignidad de un funcionario público”. De este modo impidió que se realizaran o circulasen denuncias contra el enriquecimiento ilícito de casi todos los funcionarios. En 1951 estableció la curiosa ley del “estado de guerra interno”, que amplió la competencia de la justicia militar a vastos sectores de la población civil. La delación creció hasta convertirse en virtud, como en los regímenes totalitarios. El miedo se expandió hasta extremos desconocidos. Al mismo tiempo, se dilapidaban fortunas en una propaganda sin freno acerca de las pequeñas y grandes realizaciones gubernamentales o sobre los conmovedores méritos de Perón y de su esposa; la publicidad invadía la radio, el cine, la prensa escrita, las paredes, las tapias, los costados de los caminos.

Se puso en marcha un asistencialismo impúdico, desordenado. No sólo se repartieron grandes cargamentos de ropay comida, sino que las Unidades Básicas ofrecían juguetes, sidra y pan dulce. El objetivo central no consistía en eliminar la marginalidad, sino en despertar un enfervorizado sentimiento de gratitud. Cada regalo venía acompañado por emblemas partidarios y la foto de la pareja gobernante. No lo daba el Estado ni el gobierno: lo daban Perón y Evita. Muchas bicicletas, viajes, muebles, subsidios y otros regalos de la más diversa índole cambiaron la vida y la mente de muchas personas. En numerosos casos aportaron el bien y ayudaron a fortificar la autoestima de gente marginada, pero también contribuyeron a que millones se acostumbrasen a quedar sólo prendidos a las ubres del Estado: los pobres, los ricos y el empresariado nacional. A mediano plazo fue un desastre.

Juan Perón tenía un estilo que combinaba tres elementos: su formación castrense, la picardía del paisano y la chabacanería del porteño. Seducía en la intimidad y enardecía en las plazas. Su palabra era fluida y subyugante; su sonrisa, gardeliana, abrazaba a casi todos los que se le ponían delante y saludaba con los brazos en alto, de manera cálida y triunfal. Cuando se dirigía a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, no temía el ridículo de preguntarle si estaba conforme con su gestión. Las masas, hipnotizadas por su magnetismo, bramaban un furioso “¡Síííí!”, que funcionaba de plebiscito.

Eva María Duarte de Perón irrumpió como un cometa desbordado por la energía y el resentimiento. Llevaba cicatrices de la marginación y la injusticia, tenía envidia y necesitaba ser amada. Por sobre eso le sobraba un rasgo decisivo: el coraje. Cuando ingresó en el poder evidenció apuro por desquitarse de sus carencias pasadas, gozar de pieles, joyas y viajes, hacerse obedecer por quienes gobernaban y maltratar a los poderosos como ellos la habían maltratado; hasta insultaba con palabrotas a los ministros que resistían sus órdenes. Era bastarda como, bastardos fueron millones de mestizos, el gaucho y Carlos Gardel y, a medias, el mismo Perón Le sobraba desenfado para convertirse en una incontrolable diablesa.

Aplastó las empingorotadas damas de la Sociedad de Beneficencia y las reemplazó por la Fundación Eva Perón (ni ella ni su marido tenían recato para bautizar con sus nombres cuanto se les ocurriese: calles, escuelas, plazas, incluso ciudades y provincias). Se convirtió en la “abanderada de los descamisados”. Sus discursos aumentaron en agresividad y difundieron un sentimentalismo que crispaba el lenguaje habitual, pero encantaba a las multitudes. Poco antes de morir lanzó su libro La Razón de mi vida, elevado a texto de lectura obligatoria hasta en las clases de idiomas extranjeros.

Su trabajo asistencial, su entrega incondicional al líder, su belleza, su actividad incasable, sus salidas escandalosas y su intromisión en la política sin pedir permiso jamás, facilitaron la idealización. Se convirtió en un mito hermoso, universal, que se presta al melodrama y por eso fue exitosamente aprovechado por el teatro y el cine. Su muerte a los treinta y tres años, la edad de Cristo, en el apogeo del poder, arranca lágrimas al más indiferente.

Pero, en contra de lo que el mito propone, la documentación y los testigos revelan que Eva Perón contribuyó a la inmovilización del país, no a su crecimiento. Su Fundación conseguía recursos de origen desconocido y llevó al paroxismo el Estado paternalista: a cambio de repartir regalos, cosechó gratitud y sometimiento. Parecía Robin Hood quitándole dinero a los ricos para dárselo a los pobres. Sin embargo, los ricos que le entregaban sus cheques o sus mercaderías con una sonrisa benévola, no se volvieron menos ricos, porque obtenían de inmediato el permiso de resarcirse con una autorización oficial para aumentar los precios. En cambio, los que se negaban, eran perseguidos por “agio y especulación” en el mejor de los casos, porque hubo algunos que hasta sufrieron expropiación y exilio. Sin vuelta. Es claro que los pobres no dejaban de ser pobres: casi siempre recibían pescado y no cañas de pescar. No les estimulaba la iniciativa y la independencia, sino la pasividad. El mecanismo perverso de ser “mantenidos”, de vivir a costa del erario público, se vigorizó. El dañino modelo de la oligarquía rentista, que disfrutaba sin esfuerzo ni riesgo de la riqueza de la tierra, era ahora aplicado a los trabajadores, que empezaron a disfrutar de lo que regalaba el Estado o la Fundación. Y que aún sueñan con volver a lograrlo.

Su modestia no era auténtica. Una carpeta de octubre de 1950 revela cómo instruyó a los embajadores argentinos en Bélgica, Holanda y Suecia con el fin de que sus gobiernos le otorgaran sus más altas condecoraciones. Los belgas trataron de conformarla con una medalla menor, que ella rechazó de plano. Los holandeses consultaron a los británicos y éstos, temiendo que les exigiese lo mismo, recomendaron “la más firme resistencia”. El Foreing Office no ocultó su malestar: “Las ambiciones de Eva Perón no tienen límites. Los próximos tentáculos parece que serán colocados en Noruega, Dinamarca y el Vaticano”.

Por un lado se sancionaban leyes que beneficiaban a los trabajadores como nunca antes, por el otro se los obligaba a afiliarse a los sindicatos manipulados por el líder. Los dirigentes que se negaban a la obsecuencia eran desplazados y algunos, perseguidos. Las huelgas fueron aplastadas sin anestesia; en la Reforma Constitucional de 1949 se llegó al extremo de que la representación peronista se opusiera en forma expresa, sin ruborizarse, al derecho de huelga. Las movilizaciones fueron prohibidas, excepto las organizadas para convalidar el régimen. Quienes apoyaban el peronismo vivían de fiesta, quienes lo repudiaban debían callar o exiliarse.

La política económica tenía el sesgo de la ubicua intervención estatal. Continuaba la tendencia predominante en el mundo de estatizar, controlar y planificar. Esto llevaba al monopolio, la corrupción y la ineficiencia. Los controles estaban al servicio de amigos y fieles, no de la gente más capaz. Se compraron los ferrocarriles con intensa propaganda, a fin de ganar sufragios y encubrir un negociado terrible; la operación fue presentada como fruto de una negociación genial, pero se pagaron 2.462 millones de pesos por bienes que la Dirección Nacional de Transportes había valuado en 730…..

En 1950 se empezaron a notar las consecuencias del despilfarro sostenido. Aunque la Constitución de 1949 expresaba a través de su cacareado artículo 40 que los recursos del suelo son inalienables –“bastión de nuestra soberanía” según Scalabrini Ortiz-, Perón decidió violarlo mediante concesiones a la petrolera California. En 1952 se debió comer sólo pan negro, por falta de trigo en el país del trigo. Los lingotes de oro del Banco Central se habían esfumado.
Las fallas se tapaban con discursos agresivos, los opositores eran acusados de contreras, vendepatrias y cipayos. No quedaban resquicios por donde manifestar la crítica sin ser descalificado como enemigo del país.

En lo cultural se degradó la excelencia. Lo nacional equivalía al folklore. Se confundía arte popular con arte pobre. Es cierto que se recuperaron muchas fuentes y se ampliaron los escenarios. Pero se alió el atraso con la reacción.
La universidad sufrió profanación y devalúo. Junto a muchos artistas, ilustres investigadores debieron dejar el país. Los docentes eran elegidos con criterio político y se los obligaba a cometer actos humillantes como, por ejemplo, solicitar la reelección de Perón, otorgar doctorados honoris causa a Eva, tomar exámenes todos los meses y formar mesas especiales (secretas) para los líderes de la CGU. Este sistema de exámenes mensuales fue presentado como una “conquista” estudiantil, pero en realidad era soborno, una concesión al facilismo, que permitía graduarse sin esfuerzo.

El ingrediente fascista que latió durante el primer peronismo llevó a un punto crítico después de la reelección presidencial. O el régimen avanzaba hacia un Estado abiertamente totalitario o se desmoronaba. La fiesta inicial, las publicitadas reivindicaciones, el “teatro” de la revolución, el endiosamiento del líder empezaron a dar muestras de agotamiento. La nueva dirigencia, integrada por burócratas sindicales, policías, funcionarios venales, nuevos ricos y lumpen con poder, generó creciente rechazo. La ambición de instaurar un partido único hizo agua y pocos meses antes de su caída el gobierno cedió la radio a dirigentes de la oposición. Pero los tiempos se habían consumido. No alcanzaron las movilizaciones de masas, ni el lenguaje incendiario, ni la exaltación nacionalista.

Una coalición de Fuerzas Armadas, clero y partidos opositores llevó a cabo la denominada Revolución Libertadora. Perón fue acusado de haber cometido traición a la patria, degradado las instituciones de la república y haberse enriquecido a costa de la nación. Se lo empezó a llamar “el tirano depuesto”. Se prohibió su nombre, su partido y sus símbolos; despareció el cadáver embalsamado de Evita, se borraron todas las referencias a la pareja que fue gobernante y se destruyeron sus estatuas y cuadros.

El odio acumulado se extendió al común de la gente que lo amó y apoyó. Un desprecio inconsciente, robusto, que proviene del fondo de nuestra historia, se derramó sobre los peronistas, identificados con hez del país, como lo habían sido a su turno los indios, los negros, los gauchos, los mestizos y los inmigrantes. Fueron señalados como la barbarie irremediable. No sólo eran los cabecitas negras, sino algo más horrible: el aluvión zoológico, la multitud salvaje que pretendía arruinar la civilización.

El fanatismo antiperonista se cobró venganza por el virulento fanatismo peronista que le precedió. Figuras equilibradas y lúcidas nunca perdonaron a Perón sus abusos e irresponsabilidad. Incluso les costó comprender que millones de seres mantendrían una gratitud inmarcesible hacia el hombre y el régimen que los había hecho sentirse dignos e importantes, aunque el régimen hubiese sido una tiranía que desnaturalizó muchos valores. Jamás reconocerán cuan psicópata y corrupto fue Perón: sólo recordarán sus regalos y su afecto.

(Extractos de “El atroz encanto de ser argentinos” de Marcos Aguinis – Grupo Editorial Planeta SAIC – Buenos Aires 2001)

La opinión de Jorge L. Borges



Quince años han bastado para que las generaciones argentinas que no sobrellevaron o que por obra de su corta edad sólo sobrellevaron de un modo vago el tedio y el horror de la dictadura, tengan ahora una imagen falsa de lo que fue aquella época. Nacido en 1899 puedo ofrecer a los lectores jóvenes un testimonio personal y preciso.

Dijo Croce: “No hay en Italia un solo fascista, todos se hacen los fascistas”. La observación es aplicable a nuestra república y a nuestro remedo vernáculo del fascismo. Ahora hay gente que afirma abiertamente: soy peronista. En los años de oprobio nadie se atrevía a formular en el diálogo algo semejante, declaración que lo hubiera puesto en ridículo. Quienes lo eran abiertamente se apresuraban a explicar que se habían afiliado al régimen porque les convenía, no porque lo pensaran en serio. El argentino suele carecer de conciencia moral, no intelectual; pasar por inmoral le importa menos que pasar por zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama “viveza criolla”.

El dictador traía a Plaza de Mayo camiones abarrotados de asalariados y adictos, por lo común de tierra adentro, cuya misión era aplaudir los toscos discursos. El 17 de octubre los almaceneros recibían orden de cerrar para que los devotos no se distrajeran en ellos.

Las masas gritaban “la vida por Perón”, decisión retórica que olvidaron como el propio Perón, en cierta mañana lluviosa de septiembre de 1955. Diríase que el triste destino de Buenos Aires –conste que soy porteño- es enmendar cada cien años un tirano cobarde del cual nos tienen que salvar las provincias.

(Del Diario Los Andes)

Exito del modelo Kirchner

Decimos que hemos logrado el éxito cuando podemos hacer realidad nuestros objetivos y proyectos. De ahí que no podamos dudar del éxito logrado por los Kirchner al frente del país.

Considerando su ideología peronista-fascista, tendencia opuesta al capitalismo, debe considerarse que la fuga de capitales, por un monto cercano a los 43.000 millones de dólares, desde que está en la presidencia Cristina Fernández de Kirchner, es un objetivo concretado. Esta fuga hacia el exterior se debe a que los empresarios y ahorristas tienen muy poca confianza en el rumbo elegido por quienes dirigen al país.

Para tener una idea de lo que significa 1 millón de dólares, podemos decir que pueden construirse en la Argentina unas 10 casas bastante cómodas o unas 20 pequeñas casas de barrio. Podemos imaginarnos la magnitud de los 43.000 millones que se fueron para afianzar el desarrollo de los países del primer mundo……..a pesar de que se predica desde el gobierno en contra de tales países.

Además de ahuyentar con eficacia a los capitales, los Kirchner han trabado las exportaciones del campo de manera que en un lapso no muy grande, la Argentina deberá importar, posiblemente, leche, carne, trigo, etc.

De todas formas, se afirma que no es lícito criticarlos por cuanto otros gobiernos anteriores también han hecho bastantes desastres sociales……De ahí que debamos contemplar en silencio la caída de nuestro país.

Se dice que estamos aislados del mundo, sin embargo, ello no es verdad; hemos olvidado que formamos parte del nuevo Imperio que renace en Sudamérica: el Imperio Bolivariano chavista. Además, como los amigos de los amigos son nuestros amigos, somos también aliados de Irán, que pronto tendrá listos sus misiles para atacar a sus “enemigos” con bombas nucleares.

Más de una tercera parte de la población, según se extrae de las últimas elecciones, está de acuerdo con la tendencia adoptada por el país. Sólo queda preguntar a ese sector si considera que es más importante que la integridad de la Nación la defensa de ideologías foráneas que hace años fueron abandonadas aún por los países más representativos en cuanto a esa forma de mirar la realidad.

Roberto Cachanosky escribió: “Los economistas sabemos los perjuicios que generan en la economía las regulaciones, los precios máximos y mínimos, el ataque a la propiedad privada, etc. Todo eso lo sabemos. Lo que no sabemos es porqué los gobiernos establecen este tipo de medidas que son perjudiciales para el crecimiento económico. Dicho en otras palabras, los economistas podemos formular pronósticos sobre el resultado de ciertas políticas que adoptan los gobiernos, lo que nos falta explicar es por qué se aplican esas medidas. Qué es lo que lleva a los políticos a adoptar políticas económicas que conducen al fracaso y, en nuestro caso particular, por qué han insistido en el fracaso tanto gobiernos militares como civiles” (De “El síndrome argentino” Ediciones B)